Nuestro Lema para este Año

Al que tuviese sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida.

Apocalipsis 21,6

Reflexión Bíblica del Día

19/03/2018

Saludos en Cuaresma

… Le dijeron: “Seguro que tú también eres uno de ellos…”  Entonces él comenzó a jurar y perjurar, diciendo: “¡No conozco a ese hombre!” En aquel mismo momento cantó un gallo, y Pedro se acordó de que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo, me negarás tres veces”. Y salió Pedro de allí, y lloró amargamente. (Mateo 26: 73-75)

 

La lista de los doce discípulos generalmente termina con: “... Pedro, que lo negó, y Judas que lo traicionó”. A ambos, a Judas y a Pedro, su actuación en la historia del sufrimiento de Jesús les acarreó una triste fama. Dos discípulos, dos posibilidades. Pero no: hay otra y es la de los demás diez que se desbandaron y se escondieron. La huida, la negación y la traición: ¡qué triste balance después de tres años de convivencia con el Maestro!  

Nada se cuenta como historia pasada, no más. Es un espejo en el cual nos podemos mirar, y nos quiere decir: esta es una posibilidad real en tu vida también. En ciertas circunstancias vos también podés escaparte, traicionar o negar al Maestro.

Todos los discípulos huyeron para salvarse y lo dejaron solo a Jesús. Todos, menos Pedro y (según el evangelio de San Juan) un discípulo sin nombre. En realidad Pedro es el único valiente que seguía a la tropa para ver qué pasaba con Jesús y se metió en la boca del lobo. Si no hubiese demostrado ese valor, tampoco habría tenido la posibilidad de negar a Jesús. O sea, es un hecho que negó a su Maestro pero lo negó en una situación que los otros discípulos evitaron porque se esfumaron antes. Pedro no quería abandonar a Jesús. Es verdad que Pedro fracasó, pero fracasó en una situación en la que se metió por amor. Posiblemente cayó en la negación porque se sentía demasiado seguro de sí mismo.

¿Quiénes lo “interrogan” a Pedro? No es un fiscal, no es un tribunal militar, no se quiebra bajo la tortura. Dos veces es una sirvienta, y la tercera vez otra persona en el patio, quienes le preguntan o mejor: quienes afirman que Pedro conocía a Jesús. O sea, el evangelista lo deja como en suspenso, si eran preguntas para acusar a Pedro o si era una charla inofensiva, como se habla cuando hay que matar el tiempo. Imagínense qué hubiese pasado si Pedro hubiese dicho: “Sí, yo lo conozco”... La sirvienta, ¿habría ido corriendo para decirle a la Junta Suprema que en el patio había otro y, a lo mejor, cazar una recompensa? Puede ser, puede que no. Imagínense si Pedro hubiese dicho: “Sí, lo conozco”, por ahí le seguían preguntando: “¿Cómo era, qué hizo, qué dijo, por qué está aquí?” Quién sabe, a lo mejor en ese patio, a Pedro se le hubiese presentado la primera oportunidad de dar un testimonio. Pero no fue así, no pudo ser.

Nunca sabemos en realidad cómo vamos a reaccionar ante una situación límite. No sabemos de qué somos capaces cuando el pánico nos tiene presos. Siempre queda esa incógnita inquietante en nuestra vida: ¿Permaneceré fiel cuando llegue a una situación límite? ¿Ante la amenaza de muerte, ante la expectativa de sufrir?

Los evangelios comentan la negación de Pedro sin valorarla. Nos quieren llamar la atención sobre la posibilidad oscura y misteriosa que aún el discípulo o la discípula que se propone serle fiel a Jesús hasta las últimas consecuencias, puede negarlo. Pero no son sólo las situaciones límite que nos pueden llevar a negar a Jesús. Es en la vida cotidiana donde más oportunidades de negar al Maestro tenemos.

Quiera Dios concedernos entonces  la “gracia del canto del gallo”, que nos haga reaccionar. Porque entonces es hora de arrepentirse y de llorar e intentar el cambio. Cuando cantó el gallo, Jesús lo miró a Pedro. Esa mirada de Jesús: ¿qué habrá expresado? ¿Reproche, decepción, tristeza, dolor? Seguro que lo último, dejando abierta la invitación de regresar. Nunca es tarde para regresar.